miércoles, 20 de mayo de 2015

Desperdiciamos el aeropuerto

domingo, 10 de mayo de 2015

Desperdiciamos el aeropuerto

Hace pocos días tuve que ir a visitar a un familiar hospitalizado en el quinto piso del Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes (Iahula). Mientras cumplía con la visita, en un momento tuve tiempo de asomarme por la ventana de la habitación que mira hacia la avenida 16 de septiembre. Apareció ante mí una vista inmejorable del aeropuerto de Mérida y de una buena parte de nuestra hermosa ciudad de Mérida.
Comenté que a la persona que hacía compañía a mi convaleciente familiar que la vista era maravillosa y que debía ser un gran entretenimiento ver ir y venir a los aviones. La persona se asomó por la ventana y luego me miró y me dijo: “¿Aviones…? Hace rato que no despega uno”.
Claro: dentro de nuestra inocencia ciudadana – y la de muchos – se nos olvida que el aeropuerto Alberto Carnevali es una estructura solitaria, silenciosa, vacía.
Que los aviones privados que eventualmente despegan sólo sirven para acentuar la incongruente realidad de tener una terminal inoperante.
He comentado más de una vez en este espacio de reflexiones que no estoy de acuerdo con cerrar el aeropuerto de la ciudad de Mérida, o restringirle las operaciones a partir de supuestos totalmente fuera de lugar, desde el punto de vista de los avances de la aviación y por ende de la seguridad aérea.
Pero recuerdo dos de esos argumentos. El primer supuesto en contra de nuestro aeropuerto de Mérida es que éste no puede operar porque está “demasiado metido en la ciudad”.  ¡Vaya argumento para sostener un cierre! Sólo basta con echar una mirada a ciudades como Nueva York en la que no hay uno sino tres aeropuertos, y no son modestos aeropuertos, sino terminales internacionales (el Aeropuerto Newark – también llamado Libertad -, el aeropuerto LaGuardia y el famoso Aeropuerto Internacional John F. Kennedy). Juntos esas terminales mueven más de 110 millones de pasajeros al año en una de las aéreas urbanas más densas del mundo.
Entonces… ¿No se puede abrir el aeropuerto de Mérida porque hay viviendas a su alrededor?... Pues no parece ese un argumento válido si revisamos la realidad internacional, tal como el ejemplo neoyorquino. Claro está: el funcionamiento implica una renovada seguridad, punto éste que es un aspecto accesible para un país como Venezuela y una ciudad como Mérida.
El segundo argumento es que ya existe el aeropuerto de El Vigía y, entonces… ¿Para qué otro? Nuevamente dicho planteamiento, estrecho y poco competitivo, parte de argumentos cuestionables sobre, por ejemplo, el potencial turístico, de movilidad, económicos de un estado como Mérida. Si usted tiene la fortuna de tener dos vacas ¿No sería mejor ponerlas a producir a las dos en vez de sacrificar a una? Y ojo: no estoy en contra del aeropuerto de El Vigía, cuyo potencial se pierde de vista. Pero El Vigía y Mérida son dos realidades y no tienen que competir sino complementarse.
En fin: asomarse por una ventana y ver al aeropuerto solo y vacío, no es nada grato y tampoco es un negocio para la ciudad.

Viene el Teleférico Mukumbarí, se nota que ha aumentado la  construcción de hoteles (hasta 4 terminan en estos momentos). Para esta faceta turística, Mérida, la Ciudad, necesita su aeropuerto en pleno funcionamiento.