martes, 19 de mayo de 2015

¿Qué hacer con los buhoneros?


Cuando vemos una estampa turística que nos llega de algún lugar exótico del mundo, pareciera que la presencia de vendedores ambulantes, tarantines, improvisados mesones y otras imágenes de los mercados de pulgas, constituye una “típica” situación, lo cual justificaría que por estos lares tengamos nuestras propias expresiones de la economía informal, es decir, nuestros buhoneros.
Pero esa es una falsa imagen a lo interno. Una cosa es un mercado de pulgas con medio siglo de antigüedad perdido en un remoto país oriental, a una ciudad en la cual no hay espacio en las aceras porque los vendedores las han tomado para ofrecer cualquier producto que les permita una fuente mínima de sustento.
Además, echemos un vistazo a los productos que podemos conseguir en una típica calle del centro de Marruecos, por ejemplo, a los productos que nos ofertan los vendedores de una calle en las aceras de Mérida: por allá cueros artesanales, tejidos y orfebrería que transmite el trabajo artesanal de siglos de tradición. En lo que a nosotros respecta, nuestros vendedores se concentran en forros para celulares, cigarrillos, ropa traída de cualquier país cercano, sostenes y chucherías…
En pocas palabras: no debemos caer en el juego – muchas veces propuestos por algunos burócratas de algún ente de gobierno que buscan justificar lo injustificable – de confundir la desesperada expresión de un problema económico (como tal en buena parte de nuestra economía informal) con las imágenes de mercados artesanales que van de la mano de un escenario típico en otras latitudes.
Porque los buhoneros de nuestras ciudades son personas que buscan ganarse la vida a falta de mejores oportunidades en la estructura formal de la economía, bien sea en las empresas o instituciones de gobierno, como en el aparato económico promovido por el sector privado.
Hay que tomar en cuenta que antes de que el actual gobierno arribara al poder ya Venezuela exhibía preocupantes signos de deterioro económico. Por ejemplo, en 1999 la informalidad en el país era de un 55 por ciento, versus un 42 por ciento actual, según cifras que maneja el gobierno nacional a través del Instituto Nacional de Estadística (INE). Es decir, se ha logrado frenar el crecimiento de la informalidad e incluso se han bajado significativamente los porcentajes (ojo: a partir de las cifras que nos ofrece el gobierno).
No obstante los avances,  esos casi 6 millones de venezolanos que todos los días salen a las calles a ver cómo resuelven el día (no la semana, ni el mes, sino el día, esas 12  horas que van desde que el sol alumbra hasta que cae la noche) siguen colocando los planes de reducción y control de las ventas informales en ámbitos urbanos como un ejercicio parecido al de arar en el mar.
Mérida es buen ejemplo de esas iniciativas frustradas. Desde que Fortunato González fue electo en 1989 como el primer alcalde de la ciudad de Mérida, han pasado siete alcaldes en ese lapso de 25 años de vida ciudadana que han corrido hasta estos días de 2015.
Me imagino que cada uno de estos alcaldes cuando revisó las condiciones de la ciudad concluyó que algo había que hacer con tantos buhoneros.
En la mayoría de los casos hubo una aparente bien intencionada política de “sacar a los buhoneros de las aceras”. Los planes incluían hacer un censo previo para saber cuántos buhoneros existían en total. Esa revisión además indicaba el tipo de mercadería que expendían en las calles, los años de labor en lo que los comerciantes llaman “el punto”, la situación socioeconómica de los buhoneros (edades, sexo, número de hijos, estudios realizados). Finalmente las soluciones siempre terminaban en la búsqueda de un terreno para la construcción de un espacio para los comerciantes y la solicitud de abandonar las calles para irse a sus nuevos locales. Esto último nunca se cumplía y si ocurría era una mezcla extraña de situaciones en la que el comerciante informal prefería seguir en la calle – más rentable y de venta segura - y alquilar o vender el local otorgado por la municipalidad.
Así, tenemos varios mercados organizados y construidos en la ciudad y la misma o mayor cantidad de buhoneros en la calle. En fin, el problema sigue sin resolver.

Vale recordar que – según el diario El Universal - de acuerdo a las cifras oficiales, sólo en 2014 dejaron de existir 58 mil empleadores y en 12 años 153 mil. En 2000, había 499 mil patronos privados y hoy apenas sobreviven 345 mil. Esto ligado al cerco regulatorio que enfrenta el empresario local, los controles de cambio y de precios, que han frenado la expansión del sector, crea las condiciones para que cualquier persona se plantee sumarse a la lista de la economía informal. Esa presión va a parar, indefectiblemente, a los espacios públicos de las ciudades, que deben lidiar con la expresión más conflictiva del problema.