jueves, 22 de mayo de 2014

DON PEDRO ANTONIO SOSA EL ALDEANO QUE SUPO HONRAR SU GENTILICIO SUREÑO



 
Ramón Sosa Pérez
Un modesto labriego, de los tantos que echaron de menos la muerte impensada y doliente de don Pedro Antonio Sosa, reveló así su pesar: “Ha muerto el botalón del pueblo”. Esta suerte de epitafio que pronunciara Hilarito Rojas, camino de su casa en la aldea El Achote, descubría la ausencia forzosa de uno de los grandes benefactores de Mucutuy, en el sur de Mérida, ocurrida en fatal accidente el miércoles 16 de mayo de 1979, en El Trompillo de San José, vecino al viejo apostadero que recuas y arrieros de antaño frecuentaron hasta bien entrados los años 60, del pasado siglo. También fue arriero Don Pedro, en sus años mozos.
Curas, médicos, agentes de policía y jefes civiles que los hubo en Mucutuy, nativos de otros lugares pero que llegaron a prestar allí sus servicios, hallaron en Don Pedro Antonio Sosa, la mano espléndida que les facilitaba desde su hogar munífico, junto a su esposa Emilia de Sosa. Igual trato podía atestiguarse del aldeano sencillo, del labrador más humilde o de la mujer jornalera en las cosechas de café, maíz o en los “trabajos de adentro”, como se llama a las tareas de la servidumbre en casa de los pudientes.  
CUNA DE PENURIAS
Un vetusto caserón de tejas y tierra pisada, en la aldea Mucucharaní, era la modesta morada de Isidro Sosa y Rosalía Osorio, matrimonio de larga prole que llegó a la docena. Pedro Antonio fue el benjamín de la camada y nació el miércoles 4 de enero de 1911. El Morretón era un pequeño vergel que concluía en prolongado farallón donde podían alimentarse sin mayores aspavientos un par de vacas con sus crías. En el peñasco se apuraba un labrantío que a duras penas aliviaba la carencia familiar. Don Isidro falleció cuando Pedrito estaba de muy corta edad y en sus hermanos debió fijar la imagen del padre ausente.
Doña Rosalía vivió las angustias de la progenie que en El Morretón no tenía mayor desahogo. Eusebio y Severiano, los hijos mayores, acarreaban lo que fuera menester para afianzar el bastimento. Pedro Antonio tenía 19 años de edad cuando la orfandad lo sorprendió por la muerte de la madre y don Filomeno Vielma, curador de su recatado patrimonio, le entregó la propiedad confiada por doña Rosalía. De jornalero a destajo pasó a peón de bestias en casa de don Altagracia Sosa Rojas.
ARRIERO EN HORIZONTE ABIERTO
Don Altagracia, sucesor de sangre canaria que moró en el sur y cuya raíz de La Palma, se enlazó con savia criolla, era dueño de uno de los arreos que había entre Mucutuy y La Cordillera, como llamaban a la ciudad serrana. Pedro Antonio se hizo arriero y marcó su itinerario con la recua en el transporte de café, caraota y maíz que canjeaba por sal y panela. Unos años en el rudo trabajo fueron suficientes para templar su ambición de comerciante. Marchó luego “a la tierra llana” en busca de oportunidades. Su soltería le permitía el ansiado momento de probar suerte en otro lugar.
Frontis de la plaza Bolívar, en Mucutuy
Cansado de la vida de mandadero en el arreo, solicitó a crédito una mula al comerciante que despachaba a su patrón. La confianza en la palabra de Pedro Antonio signó el comienzo de un comercio que condujo por años entre Barinas, Mucuchachí y Mucutuy, donde mantenía compra-venta de ganado y animales de carga. Mil privaciones cincelaron la etapa primera pero, amante de la autonomía como fue siempre, supo sortearlas y apilar experiencia en la prueba del destino. En adelante, se propuso edificar su familia y antes de cumplir los 20 años se desposó con Emilia Sosa y para ello debió emigrar hasta Aricagua, el pueblo cercano.
VALORES ESPIRITUALES SUREÑOS
La pareja inició en Mucutuy una vida coligada a valores de solidaridad, cultivados en hogares guiados por la égida de viejos patrones espirituales. Nada les era ajeno por cuanto la vida entre montañas los comprometía a vivir confinados a una adhesión que se recreaba en la ocasión de servir, sin condiciones. Don Pedro Antonio, que así era llamado por su grandeza de alma y no por demanda vanidosa, fue siempre cercano al desvalido porque en ellos veía el calco de su origen. Cuando la holgura económica lo alcanzó, en su hogar no faltó bastimento para quien lo visitara o remedio para calmar el infortunio pedido en la puerta de su casa.
A la izquierda, Luis Sánchez el Telegrafista, Pedro Antonio Sosa Prefecto Civil, Rita y Juan Rivas, contrayentes y de pie, Vicente Elías Molina, Juez del Distrito Libertad
Don Isidro había sido Juez de Municipio, en tiempos que la probidad ciudadana era un documento abierto, a vista de todos. De él heredó la honradez y lealtad a la palabra empeñada mientras que de la madre fue sucesor excepcional de la tenacidad en el trabajo y la fortaleza de ánimo para vencer las adversidades. El matrimonio no llevaba mayor caudal que un empeño por salir adelante con la fuerza de su fe y el vigor de su trabajo. El pudiente comerciante y pariente Don Pablo Sosa les proveyó de “una vaca a medias”, que parcamente les dejaba un par de litros de leche interdiarios para paliar la penuria de su alacena.
PROTECTORADO DE EXCEPCIÓN
Pedro Antonio afrontó un comienzo con muchas necesidades pero que el tiempo tradujo en destino de realizaciones, avecinándolo a las angustias de los paisanos, a quienes correspondió en la solución de sus urgencias, con mano generosa y franca. Nadie nunca se marchó de su casa con las alforjas vacías. Bregador social de gran ascendente en Mucutuy, asentó raíces de profunda vinculación con el desvalido, quizá calcado en su remota orfandad. La Divina Providencia no les proveyó linaje biológico pero les confirió capacidad enorme de afecto como alero de crianza y educación a 18 huérfanos que se formaron en su hogar de amor infinito.    
Su opinión y consejos eran citados con frecuencia, ya para transar un negocio, remediar una necesidad, saldar un litigio de linderos o apelar su ascendente para socorrer un desacuerdo. Su culto al trabajo, el desprecio a la indolencia y a la flojedad lo convirtieron en un respetable personaje como se infiere de estos versos biográficos: “Bien temprano se levanta/ esta pareja ejemplar/ Don Pedro va a sus quehaceres/ en la finca, a vaquerear,/ a vigilar y cuidar la cerca/ de La Quina, El Moliniyal,/ Flor Amarillo, Mocomboco/ La Cuchilla o El Maporal./ Entretanto, Doña Emilia/ va asistiendo en el hogar/ el negocio, los peones/ y el control del capital.”
GOBERNANTE PROBO Y AMIGO
El aislamiento que han tenido los pueblos del sur, situados al envés de la cordillera merideña, negó oportunidad de estudio básico por décadas y su acceso era privativo de quienes socorrían su ventaja en paga particular a maestros como Elodia Monzón o Arnoldo Varela, preceptores luego de la primera Escuela Federal de Mucutuy. Pedro Antonio Sosa conoció la educación elemental que sumada a su experiencia de mercante y viajero, le dieron madurez temprana y aventajada. Su padre había sido juez del Municipio y la huella se racimó en el hijo que fue nombrado Prefecto Civil en el alba democrática de Venezuela, en 1959.
Militante del socialcristianismo, más por credo religioso que por vocación política, Don Pedro congenió con su coetáneo, el Dr. Carlos Febres Pobeda. Al ser escogido Gobernador de Mérida citó a su correligionario como Prefecto Civil y Jovino Carrero, prosélito de URD, asumió de Secretario. La alianza a tres manos, entre Copei, AD y URD, fue garante de equidad y probidad, aún en los más apartados rincones de la geografía. José Manuel García en su libro Historias de un Médico Rural, asegura que el Prefecto Pedro Antonio Sosa hizo firmar más de 100 cauciones, invocando correcciones antes que castigar a vecinos, compadres y amigos.           
COMPROMISO SOCIAL
En su última fotografía, estampa típica de Don Pedro Antonio Sosa, en 1979
Era párroco de Mucutuy Jesús Alfonso Rojas, quien luego fue Secretario de la Arquidiócesis y en la relación epistolar con don Pedro Antonio, se halla el interés de ambos en pedir apoyo oficial para mejorar los caminos del sur. En julio de 1959, el diario Ultimas Noticias reseñó: “la primera noticia de los efectos producidos por los movimientos sísmicos en la región fue ofrecida vía radio por el Prefecto de Mucutuy Pedro A. Sosa quién informó que los movimientos sísmicos provocaron el deslizamiento de todo un cerro que sepultó a un arriero con sus animales, obstruyó el camino y dejó incomunicado al pueblo de Aricagua”.
En los años 60 en este corredor que daba a la calle, acampaban los arreos de mulas que canjeaban su mercadería en la tienda de don Pedro
Más allá de mero informante, al Prefecto Civil le correspondió socorrer a las víctimas del sismo. Su casa paterna de El Morretón, reportada entre los daños materiales del movimiento telúrico del año 59 sufrió serias averías en la aldea Mucucharaní, reportó el periódico La Esfera de Caracas pero Don Pedro Antonio optó por atender los caminos calamitosos, reparar los derrumbes entre Aricagua y Mucutuy, despejar con cayapas los trechos perjudicados  y auxiliar a los paisanos afectados en Mocomboco, Mucucharaní y otros caseríos.    
PADRINAZGO BENÉVOLO
Era su casa en Mucutuy, pernocta obligada de todos. Los domingos llegaban familias sencillas a cumplir el ritual católico. Al salir de la misa de 11 y mientras los hombres proveían la despensa en la tienda del viejo mercante, las mujeres y sus críos iban al almuerzo, que doña Emilia concedía. Un benévolo padrinazgo, quizá el mayor en la historia sureña, lo hizo protagonista de gran causa social pues ello lo exigía al apoyo de sus ahijados, que se contaban por centenas. En muchos hogares el vínculo era tan frecuente que padres y padrinos lo confundían y se duplicaba la bendición, sin atinar a quien correspondía de verdad el sacramento. 
Don Pedro Antonio y su esposa, doña Emilia, en compañía de los pequeños Ramón y Solly Emilia
Don Pedro estimuló a las parejas jóvenes que aspiraban horizonte de adelanto y en su holgada posición agradecía al Altísimo la ocasión de socorrerlos. En él confluían amistad y voluntad de servicio y por ello atesoró el mayor capital en el recuerdo de los suyos, en la obra generosa que legó a su pueblo, en el ejemplo próvido de trabajo y en la heredad de una vida sin tacha. Fue un filántropo que apuntaló a la familia necesitada de Mucutuy, en el sur merideño. A 35 años de su muerte, ocurrida la tarde del 16 de mayo de 1979, el nativo lar evoca su legado.