martes, 14 de enero de 2014

REFLEXIÓN SOBRE EL HIMNO AL AMOR



“Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios, -el saber más elevado-, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy. Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve. El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará. Las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado. Porque este saber queda muy imperfecto, y nuestras profecías también son algo muy limitado; y cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá. Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre, dejé de lado las cosas de niño. Así también en el momento presente vemos las cosas como en un mal espejo y hay que adivinarlas, pero entonces las veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor” (1 Cor 13, 1-13)

“SI ME FALTA EL AMOR, NADA SOY”
Este capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios es sin duda una de las páginas más bellas de los escritos paulinos, no solamente por la riqueza en su contenido sino por la connotación literaria y llena de vida que expresa. Quizás hemos escuchado este texto en reiteradas oportunidades y aunque nos parezca atrayente, no hemos tenido la delicadeza de detenernos ante él para reflexionar y meditar lo que el Señor, a través del apóstol San Pablo, quiere transmitirnos.
Parece curioso hoy en día ver la cantidad de jóvenes que citan algunos extractos de este “himno al amor” y lo publican en las redes sociales sintiéndose identificados con lo que dice allí, relacionándolo con el amor de pareja o con un deseo egoísta de posesión sensible o pasional. Lamentablemente la sociedad tiene una concepción muy limitada del amor, por esta razón comenzaremos esta reflexión por explicar la verdadera esencia del amor para poder interpretar lo que el apóstol quiere decir.
Ya desde los antiguos griegos se viene hablando de tres manifestaciones del amor conocidas con el nombre de Eros, Philia y Ágape. El Papa Benedicto XVI en el numeral 3 de su Carta Encíclica Deus Caritas est nos dice que el amor Eros se refiere al amor entre hombre y mujer, este término en el Antiguo Testamento griego se usa dos veces; el Philia es el amor de amistad, en el Nuevo Testamento es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos. Y el Amor Ágape es el preferido por los escritos neotestamentarios. Pero ¿Qué es el Ágape?
Aunque el apóstol al hablar del amor pareciera mirar sobre todo al prójimo, no se refiere a ese amor o simpatía que surge de manera espontanea en nosotros buscando el bien del otro, sino a un amor que trasciende y supera todo lo creado y se remonta a su creador, este amor nace del amor de Dios a los hombres, nosotros podemos corresponder a ese amor por el don del Espíritu Santo y en virtud de ese mismo amor descubrimos en nuestro prójimo al mismo Dios.
Ahora bien, en esta perícopa o extracto bíblico que tiene un sentido unitario y coherente, podemos resaltar tres aspectos importantes que forman el cuerpo del mismo: la superioridad y necesidad absoluta del amor, las manifestaciones y características concretas y la eterna permanencia del amor.
Conviene resaltar también el contexto en el cual escribe San Pablo, una comunidad en donde se insinúa la división y la discriminación, es por ello que en el capítulo que precede al himno al amor, el autor habla del “Cuerpo Místico de Cristo” donde Él es la cabeza y nosotros somos su cuerpo. Luego, en ese cuerpo, Dios ha derramado infinidad de dones a cada uno nosotros sus miembros, pero entre todos ellos, el amor es un don tan excelente, que sin él los demás dones pierden su razón de ser. Por esto, Santo Tomás de Aquino nos comenta que el Apóstol “con razón compara las palabras carentes de caridad al sonido de unos instrumentos sin vida, al de la campana o los platillos que, aunque produzcan un sonido diáfano, sin embargo, es un sonido muerto. Lo mismo ocurre con el discurso de un hombre sin amor; aunque sea brillante, es considerado como muerto porque no aprovecha para merecer la vida eterna”.
Este himno nos describe las quince propiedades o características del amor. El amor es paciente, es decir, actúa con serenidad en las situaciones adversas y contratiempos, o como decía San Gregorio Magno: “lleva con ecuanimidad los males que le infligen”. Es benigno, Santo Tomás de Aquino define la benignidad como “buena ignición”, “así como el fuego hace que los elementos sólidos se licuen y se derramen, el amor hace que los bienes que tiene el hombre no los retenga para sí, sino que los difunda a los demás”. El amor no es envidioso ante los triunfos del prójimo. No es orgulloso pues evita hablar y obrar arrogantemente. No se hincha evitando incluso el pensar alto de sí mismo. No es descortés ni interesado es decir, no busca utilizar al prójimo. No se irrita si las cosas no salen a su gusto y aunque las injurias vengan a provocarnos, no se deja conmover por la venganza, por ello, no toma en cuenta el mal ni guarda odio por nadie. El amor no se alegra de la injusticia que otros cometan, aunque ello traiga alguna ventaja momentánea. Se complace en la verdad, participa de la alegría que siente Dios y todos los hombres buenos cuando las cosas van por el recto camino. El amor todo lo excusa, tapa cuanto puede de los defectos de los demás. Todo lo cree pues tiene la tendencia a suponer en todos recta intención. Todo lo espera, no desconfía de las cosas y de las promesas que se le hacen y todo lo tolera. Luego de haber visto estas características es momento propicio para preguntarnos: ¿Es ésta la concepción de amor que yo tengo en mi vida? ¿Verdaderamente estoy practicando el amor? ¿Qué es lo que más me cuesta para vivir en el amor?, ¿En mi vida personal, cuántas veces he amado verdaderamente? Sin duda que el amor resume en sí todas las demás virtudes, que no son sino modalidades diversas de un mismo amor.
En este mismo orden de ideas, el autor expresa la duración por siempre del amor: todo pasa, los carismas de profecía, lenguas, ciencia. Pasarán incluso la fe y la esperanza pero sólo el amor permanecerá eternamente, gozándose de la unión directa y estrecha con el objeto amado. En este sentido es mayor que todos los demás dones de Dios: cada uno de ellos es concedido con el fin de que el hombre alcance la perfección y la bienaventuranza definitiva; el amor, en cambio es la misma bienaventuranza. En nuestra Madre celestial, la Virgen María podemos ver un prototipo claro del amor perfecto y auténtico, traducido en donación por completo de sí misma a Dios y a todos nosotros; por lo tanto, a ejemplo de ella, la invitación última es a permanecer en el amor y como dice san Juan, “quien permanece en el amor, permanece en Dios” (1 Jn 4,16)
Sem. Emerson Mora Mora