martes, 14 de enero de 2014

¿Cuál es el verdadero fin del hombre?



Reflexión filosófica basada en la obra La Consolación de la Filosofía de Boecio

Para la historia del pensamiento filosófico, Boecio es considerado como el personaje de transición entre la filosofía patrística y escolástica. Boecio Nace en Roma en el año 480 aproximadamente. Es una figura importante en la Roma de entonces y gracias a su amistad con Teodorico I llega a ser cónsul. Un gran estudioso, traduce algunos escritos de Platón y de Aristóteles incluyendo comentarios a dichos escritos. En el año 524 es ajusticiado y puesto en prisión en Pavía injustamente. Es allí donde aprovecha y escribe su más célebre obra: La Consolación de la Filosofía, una pequeña teodicea, un interesante libro donde se desarrolla un diálogo sobre temas éticos y metafísicos entre el autor y su nodriza la Filosofía quien le da el consuelo y sentido a su vida en medio de la desesperación. Cabe resaltar que Boecio es un filósofo ecléctico pues en su obra podemos encontrar reflejado aspectos del pensamiento platónico, aristotélico y estoico. Así pues, el autor siguiendo a Aristóteles, expone una filosofía teleológica, es decir, encamina al hombre hacia la consecución de un único fin: la felicidad. Pero ¿Qué entiende Boecio por felicidad? ¿Encontrará el hombre la felicidad en las pasiones y la fortuna? ¿Dónde radica la verdadera felicidad?
Dice La Consolación de la Filosofía que las estériles pasiones “ahogan la cosecha fecunda de la razón; son ellas las que adormecen a la humana inteligencia en el mal, en vez de libertarla” (Boecio, I, prosa 1,9). Las pasiones disfrazan el placer con la felicidad, por eso el hombre al estar sumergido en ellas, no quiere salir porque esto le produce en cierto modo tranquilidad, pero aquello que para el hombre pareciera “felicidad”, no es duradero, pues llega el momento en que cae en la desesperación, por lo tanto la felicidad, según Boecio, nunca será el placer.
“Si trepidas por el miedo o vacilas por una esperanza, ya has perdido tu firmeza, has vendido tu independencia, has abandonado tu escudo” (Boecio, I, metro 4). Con el miedo el hombre no podrá nunca conseguir su fin: la felicidad, pues éste hace que comience a tambalear en la toma de decisiones y, si ya está sumergido en los placeres mundanos, con miedo, nunca podrá salir de esa situación. Este sumergimiento en los placeres y la fortuna hacen que el hombre se olvide hasta de sí mismo: “Otra causa de tu mal es que tú no sabes quién eres (…) te ha cegado el olvido de ti mismo” (Boecio, I, prosa 6, 17-18).
Ahora bien, si los placeres no dan la verdadera felicidad, entonces ¿será la fortuna?, ciertamente que no. La obra presenta a un hombre que se siente en la peor desgracia porque ha perdido su posición social y económica al ser encarcelado, es un hombre apegado a los bienes materiales y al dinero: “lo que te apesara es el haber perdido tu antigua posición, a la que con vehemencia desearías volver. Es ese cambio de la fortuna lo que destroza tu alma” (Boecio, II, prosa 1,2). Este es un prototipo aplicable a muchísimas personas, por ello, la fortuna también se nos presenta como una máscara de la felicidad.
Las riquezas no pueden saciar ni extinguir la avaricia” (Boecio, II, prosa 6, 18). El hombre por la fortuna comienza a sentir esa supuesta felicidad, pero cuanto más tiene, más exigente se muestra hasta que llega un momento en que ya la fortuna no le satisface: “nadie está contento con su suerte; en todos los estados y condiciones hay algo que apetece a quien no lo conoce, y que, después de probado, causa hastío” (Boecio, II, prosa 4, 15). El verdadero sabio no confía en la fortuna ni en sus bienes ficticios, no pone en los bienes exteriores su afición y se da cuenta, en el momento en que los posee, de que su valor no puede provenir más que del sentido humano y moral con que de ellos use.
Por lo tanto la verdadera felicidad, según la obra La Consolación de la Filosofía radica en nosotros mismos, no en posesiones externas. “¿Por qué, pues, ¡oh mortales!, buscáis fuera la felicidad que está dentro de vosotros?” (Boecio, II, prosa 4, 22), aquí Boecio es fiel a la doctrina de San Agustín y su teoría de la interioridad como un principio de conocimiento superior en donde el hombre desde su interior encuentra la verdad porque allí está presente esta verdad que nos lleva a conocernos a nosotros mismos, como también a Dios y por ende llegar a la felicidad, por esto, nos dice en un pasaje de La Verdadera Religión: “No busques fuera de ti (…); entra en ti mismo; la verdad se encuentra en el interior del alma humana; y si hallas que tu naturaleza es mudable, trasciéndete también a ti mismo” (San Agustín,  IXL, 72). Para Boecio el fundamento de la felicidad verdadera está en saber ser dueño de sí mismo, este es un bien “que nunca querrás perder y que la fortuna jamás te podrá arrebatar” (Boecio, II, prosa 4, 22), el hombre que ha comprendido esto, ya no abocará su corazón a los bienes que están fuera de él, sino que apreciará sus propios bienes intrínsecos. Sin embargo, no basta buscar la verdad y la virtud en uno mismo, sino que es preciso salir de sí en busca del origen y fin de ellas, que es Dios, el Bien universal y supremo. Dios gobierna y dirige las cosas al bien. Si buscas la felicidad, buscas el Bien supremo que nadie puede arrebatarte, porque si lo arrebatara ya no sería bien supremo sino inferior, por lo tanto la fortuna nunca podrá hacer suya la felicidad.
Boecio identifica el Bien supremo con Dios. Estos dos, son una misma cosa. Dios es el único Bien al cual todo hombre debe fijar su mirada: “Dios, ser soberano, posee en sí mismo el Bien sumo y perfecto; pero como la felicidad está en el Bien sumo, resulta necesariamente que la felicidad reside en Dios soberano” (Boecio, III, prosa 10, 10). Como Dios y la felicidad son el sumo Bien, la felicidad se identifica con la divinidad, luego lo que hace feliz al hombre es conseguir la divinidad. La felicidad del hombre se conseguirá participando de la felicidad divina.

Sem. Emerson Mora Mora
@MoraEmerson