lunes, 7 de abril de 2014

Doña Oliva Angarita: LA LECCIÓN INOLVIDABLE DE LA PROMOCIÓN SOCIAL


Oliva Angarita, en 1944, Reina de Mérida, en honor a la festividad de San Rafael Arcángel, en el esplendor de la belleza chiguarense



Ramón Sosa Pérez

En marzo de 1884, en pleno quinquenio guzmancista, nació en Chiguará Florencio Ramírez, abogado, profesor universitario, magistrado y político. Años más tarde, Oliva Angarita recordaría a este personaje singular de su pueblo porque se hizo pronto referente de una tierra que parecía confinada al abandono. En otro marzo, el de 1936, fue nombrado Rector de la Universidad de Los Andes y a los pocos días una opinión levantisca de universitarios lo obligó a dimitir por su posición pública de compromiso con el régimen gomecista. Había sido ya Secretario, Vicerrector y por 34 años profesor de la ULA.
Chiguará tuvo hijos de valía en distintas expresiones, políticas, empresariales y humanísticas. De ellos, ha retenido en su memoria y afecto a los sempiternos maestros de escuela como don Ramón Márquez, regente del modestísimo plantel que guió los primeros pasos de Florencio Ramírez, acaso el más breve de nuestros Rectores. Otro maestro de feliz memoria entre los chiguareros fue Don Pedro Mora, en la Escuela Federal de Varones 522 y antes, don Basilio Colls, quien favoreció un establecimiento educativo que en 1924 registraba la matrícula de dos varones y una hembra.
SIGNO DE LOS NUEVOS TIEMPOS
Para 1924, el General Amador Uzcátegui, ejidense y gomero, llevaba ya 10 años en su segundo período como Presidente del Estado y don Genarino Rojas Rincón ejercía gobierno en Chiguará, mientras que como cura párroco interino estaba el padre Francisco, a quien correspondió consagrar los óleos de bautismo a Oliva Ascención Angarita Briceño, grácil sucesora del hogar fundado por don Rafael María Angarita y doña Flor de María Briceño. Era jueves ese 29 de mayo de 1924 cuando ocurrió el “nacimiento de la menor de 11 hermanos que se criaron en una familia humilde y honesta, con unión y afecto, bajo la autoridad de sus padres”, como cita la profesora Silvia Varela.   
En sólo 10 años el incremento poblacional de Chiguará mostraba índices de desarrollo, como asienta el Dr. Roberto Rondón Morales en su libro Chiguará, Trayecto y Vivencia de un Pueblo: “en 1914, la parroquia tenía 3 mil habitantes, y en 1924, 8 mil que expresaban su constante crecimiento poblacional, signo de progreso material”. Oliva Angarita fue inscrita en la escuela elemental con la señorita Temila Briceño, quien regentaba el único plantel para niñas que había en el pueblo. Las clases llegaban hasta tercer grado y sus contenidos cubrían la base de una enseñanza que, en muchos casos, no alcanzaba mayores oportunidades.  
EL HORIZONTE, MÁS ALLÁ DE CHIGUARÁ
Se achicaban las esperanzas en el pueblo natal y, a vista de su carácter comunicativo, los padres toman la decisión de buscarle nuevos espacios para que una mayor formación y es en la Escuela Manuel Gual de Lagunillas donde recibirá la ansiada ocasión de adelanto para su curiosidad. Un años más tarde irá a Ejido con la recordada maestra Carmen Rodríguez Chuecos que abonará su precocidad musical, en clara herencia de los Angarita, parientes que han descollado con versatilidad artística, de lo que dieron fe los hermanos Rafael, Simón y Luis Angarita, ejecutantes y acompañantes del clarinete y la trompeta.
De proverbial belleza, era reconocida por especiales atributos que conllevaba a la par de una esmerada vocación por la música. Cantaba, ejecutaba y acompañaba a los músicos de su pueblo y en todas partes ella era el centro de atracción. No pudo continuar los estudios y retornó a su pueblo para ayudar a los padres. En la iglesia, acompañando el coro o en la escuela ayudando con cantos, procuraba seguramente mantener en alto esa condición de artista que manifestaba, sin ocultarlo. Quien llegaba a Chiguará, se enteraba de su presencia, admiraba la fineza de urbanidad y la lindeza que eran prenda asociada su educación. 
REINA ENTRE REINAS
Para 1944 Mérida celebró las Fiestas Patronales en honor a San Rafael Arcángel, con la pompa que los citadinos daban a la primera feria dedicaba a los productores agropecuarios. Germán Briceño Ferrigni, su paisano dijo en una ocasión: “Venezuela, y especialmente la porción que habita estas cuencas de la montaña, constituyen una extraordinaria reserva moral (..) y vale porque a lo largo del curso histórico, ha sabido producir valores épicos que han sido como una síntesis de su vocación de pueblo y nación”. Venidas de todo el Estado se inscribieron 8 candidatas al reinado y el Distrito Sucre escogió a Oliva Angarita, de 20 abriles cumplidos.
El jubiloso triunfo de Oliva I fue noticia por muchos días en aquella Mérida tan impresionable, pues de un pueblo tan apartado como Chiguará les había llegado una Reina. Sus modales, desenvoltura y versatilidad artística eran comentario obligado. Hubo los honores de rigor, como correspondía y pasadas unas semanas, regresó a su tierra para dar rienda suelta a las galas. Entretanto, pensaba aprovechar la circunstancia y apoyar los pedimentos que sus paisanos formulaban desde hacía tanto tiempo. Allí también se distinguía Oliva Angarita con la pasión por las urgencias de su pueblo.
CHIGUARÁ ASPIRABA CARRETERA
La Reina Oliva influía con su verbo y justificó la aspiración encabezando la petición al gobierno por la carretera Chiguará- Estánques. Cuenta Rondón Morales en su obra: “para conectarse a Tovar y Bailadores había un camino que empezaba en la plaza de Chiguará, pasaba por la Hacienda Potosí  en La Burrera”, y que un poco más abajo “en una garganta del río de unos 12 metros María Ramírez de Urbina construyó un puente (…) a finales del siglo XVIII”. La estructura, que la formaban 3 vigas de madera de 14 metros cada una, fue reconstruida en varias ocasiones y hasta un techo le colocó don Bartolomé Varela en 1886.
Oliva Angarita se sumó a la petición de un puente sobre el río Chama que asegurara vencer las dificultades que entonces había para cruzarlo y que dependía para los llamados “escoteros” de una suerte de pasador o “tarabita”, descrito por los lugareños como El Paso de la Cabuya. Con estos logros consiguió apuntalar un gran ascendente entre sus paisanos, quienes la consideraban el talismán de su fortuna pues tocaba las puertas de los Despachos oficiales y su voz era escuchada. Chiguará tenía ante sí a una embajadora eficiente y efectiva que propugnaba el desarrollo y avance.
VOCACIÓN: MAESTRA
La educación estuvo confinada a sectores de cierto nivel socioeconómico y por ello, hasta mediados de los años 40, la oferta y la demanda era discrecional. El maestro Pedro Mora no pasó de atender 20 o 25 varones, de suerte que cuando en junio de 1948 Oliva Angarita es designada maestra de Educación Primaria en la Escuela para Hembras Mauricio Encinozo, de Chiguará, la matrícula creció con la unificación. En 1950 y según decreto 2237, del 17 de noviembre, se crea el Instituto de Mejoramiento Profesional del Magisterio. Ella se inscribe en 1953, sigue cursos de capacitación y a los 4 años se gradúa de Maestra de Educación Primaria.
Su actividad docente era febril, cantaba, organizaba, recitaba, componía canciones y, acompañada de su guitarra o un cuatro, daba versiones de cuantos temas o canciones conocía. Se le veía en todas partes y con sus alumnos era diligente en lecciones de civismo, geografía, gramática o historia de Venezuela. A su lado se formaron legiones de alumnas que fueron docentes luego y que son testimonio del fecundo hacer de doña Oliva, como se le comenzó a llamar. En la iglesia y la comunidad organizaba las fiestas a San Antonio de Padua, en el coro de la iglesia o en las justas reivindicaciones de su pueblo, su voz era esperada con respeto y juicio.
POR FUNDACHIGUARÁ
Refieren los apuntes de la profesora Silvia Varela, exalumnas suya: “en diciembre de 1979 recibe la notificación de jubilación, luego de 30 años y medio de servicio a la educación pero esto no significó un retraimiento, ya que continuó colaborando con quien lo requería en la elaboración de proyectos, trabajos de grado de los diferentes niveles educativos” y es que en 1968, cuando el I Reencuentro de Chiguará, se le vio diligente, trabajadora y entusiasta, lo que motivó un trabajo sucesivo en procura de conformar un gran proyecto visionario, de avanzada.
La hora llegó en 1984 y atendiendo un llamado especial, el 5 de marzo, Día del Campesino, se creó la Fundación para el Desarrollo de Chiguará, Fundachiguará, “como órgano alentador y promotor de acción social”. Doña Oliva era la primera Secretaria y en la Coordinación General el Dr. Rafael Pulido, destacado bienhechor de Chiguará, En breve tiempo le escribió el Himno, en amor al terruño: “adelante, cantemos con fuerza/las notas vibrantes de la Fundación/”el trabajo será nuestro lema”/para el desarrollo de nuestra región”. Otros temas suyos son: A mi pueblo Gentil, Reencuentro de Chiguará, Himno a la Escuela Nueva Esparta.
OBRAS SON AMORES..
Emna Dávila Fernández era Jueza en Chiguará en 1984 y el sacerdote español Antonio Viedma Moreno, el párroco; las autoridades que custodiaron la génesis de Fundachiguará, un gran voluntariado al que se integraron Elba Angarita de Bocca, Ena Lucía Dávila, Olinto Medina, Ramón Montilla, Mabelis Dugarte y Onésimo Rondón, entre otros. Doña Oliva se dedicó con esmero a su siguiente tarea en la Coordinación del Sector Educación, promoviendo asistencia de calidad y construcción de escuelas para su pueblo así como dotación efectiva a los planteles. Su magisterio apenas comenzaba otra etapa.
Su nombre fue siempre referente de mejores causas y en los años finales se hizo relatora de la crónica local, con humor característico y sus recuerdos de Reina sempiterna del pueblo amado. Su legado queda presente en un Paseo Vial que lleva su nombre, justo a la entrada del pueblo y que en las manos insignes de la escultora chiguarense Elena Molina, perpetuarán su recuerdo en la memoria colectiva. Fundachiguará ha hecho justo reconocimiento a la más grande benefactora del siglo XX en su suelo nativo. En febrero de 2012 partió al Infinito con su sonrisa eterna de alegría por el pueblo que luchó y cortejó siempre.   
Un inseparable cuatro acompañaba la inspiración de la poetisa que supo cantarle a su pueblo
Doña Oliva, una dama chiguarense que supo honrar el gentilicio nativo como promotora de desarrollo y progreso