viernes, 26 de junio de 2009

UNA ROSA SUREÑA EN EL PARAÍSO

Dame, oh Señor, por norma el camino de tus justísimos mandamientos e iré siempre por el”. Salmos: 118, 33. Este epígrafe, tomado del Sagrado Libro, acaso sea la confesión más cercana sobre la personalidad de doña Ana Rosa Díaz Mora, a quien El Padre Eterno acaba de convocar a su Seno. De seguro que, reflexiva como estaba durante las semanas precedentes, este Cántico Divino interpretaría el petitorio que ella misma hubiera formulado al Altísimo y es que con su Partida a la Morada Eterna, no hay duda que está en el Edén que El Padre reserva a quienes guardan Su Palabra. Doña Ana Rosa, como gustaba que la nombraran, está ahora en el Vergel predilecto que de niña cultivó en la acendrada fe inculcada por sus padres, don Jesús Díaz y doña Hermelinda Mora, en la sureña aldea Río Arriba, en Canaguá, donde había nacido el 28 de octubre del año 1910.
El regazo materno acrisoló en usanza cristiana una especial devoción mariana que en la niña recién nacida tomó el nombre de Ana; expresión de origen hebreo que traduce “aquella que favorece, es misericordiosa, compasiva”. No erraron los padres al elegir llamarla así, ratificando una característica que le acompañó, por causalidad y no por casualidad. Desde la religiosidad hogareña, aprendida de infanta apenas, mantuvo laudable simpatía por aquella doncella de Nazareth, de nombre Ana, desposada con Joaquín y luego madre de la Virgen María, al igual que su elevación a los altares como Patrona de Hannover y de Hildesheim, protectora de navegantes, joyeros y ebanistas. Se recreaba en esas páginas escuchadas a sacerdotes en homilías del 26 de julio, fiesta de Santa Ana. Diez hermanos conformaron el hogar paterno en el idílico paraje surandino, que guardó imborrables estampas de una niñez ataviada de cálidas expresiones en cuantía moral, valores y trabajo. Doña Ana Rosa atesoró una sapiencia habitual en su original tratamiento y saludo, pleno de decoro y señorío; entregado con bondad inigualada. Su palabra, serenada y calma, era ocasión para la cavilación de mejores propósitos.Como reza el Libro del Éxodo, su familia debió partir a tierras más pródigas. Un buen día, como solía recordar doña Ana Rosa, la vieja estirpe de los Díaz Mora, salió de Canaguá hacia la tierra de nuevo destino. Aricagua, paraíso floreciente de orquídeas y áurea posesión de gran crédito, los recibió con los brazos tendidos en amistad fraterna. He allí, en curioso aserto bíblico, el hallazgo de una Tierra Prometida para el linaje canagüense.

Ante el Altar del Santo Cristo de Aricagua, a las 4 de la tarde del día 22 de septiembre del año 1936, en el pasado siglo, Ana Rosa Díaz Mora y Teófilo Sosa Saavedra, contrajeron matrimonio. Los esposos Velásquez, Rafael y Antonia, hicieron de padrinos en la boda religiosa. Los consortes eran paisanos del sur. Ella, de Canaguá y el esposo, nativo de Mucutuy, con raíces en la aldea San Pedro de Acequias.Si alguien nos pidiera definir su paso por este mundo, diríamos que doña Ana Rosa fue toda bondad. Compartir era para ella, privilegiada ocasión cristiana de dar, antes que de recibir. No hubo larguezas pero jamás sucumbió en su empeño por dar la mano al desvalido, pan al hambriento y abrigo al necesitado Que la mano izquierda no sepa lo que da la derecha, repetía sin cesar, parafraseando el precepto del Libro Santo. Asistía con regularidad a la misa dominical, con preferencia por la celebración de las 8 de la mañana, para dar tiempo a la atención de la “gentecita que viene de lejos” y obsequiarles un oportuno café, un puntalito o invitarlos a una mesa frugal pero solidaria.
Allí, en su añorada Aricagua, doña Ana Rosa no conoció tregua en el obsequio a quien debía. Jamás tuvo malicias ni reparo para ayudar al menesteroso. Al contrario, su mano estuvo plena de gozo por ayudar siempre, sin advertir siquiera a quien iba su sempiterno don de caridad. Humana sin límites, buena hasta la misericordia, indulgente con todos, su trato familiar tenía la estampilla del respeto.De sus labios jamás salió una palabra que lastimara porque su corazón de bondad fue esquivo al agravio. Doña Ana Rosa ganó simpatías por la sabiduría de sus consejos y por el don heroico del perdón. Con temple de superior destino llevó su apostolado matrimonial y con su consorte, don Teófilo, hizo hogar de ejemplo cristiano. Abrazada a su iglesia, profesó amor a los suyos para quienes sólo tuvo ternura de madre. Si la naturaleza le negó la gracia de concebir, fue regazo materno y cobijo de tantos hijos, que sin serlos suyos vitalmente, lo fueron de alma, porque a ellos se consagró por siempre. Rafael, Daría, Albertina, Lucrecia, Josefa y Benilde advirtieron sus desvelos y cariño ilimitado. Su mano doliente supo llegar al más recóndito lugar donde su piedad le persuadía que alguien sufría. Sólo los santos podrán alcanzar su legado de indulgencia. Así era doña Ana Rosa Díaz de Sosa; sencilla, humilde y noble. Su premio ha de ser, sin duda, la compañía celestial. El Gozo Eterno es su laurel desde que se despidió de su colonia sureña, en los días últimos del año 2008.
*Cronista del Municipio Aricagua
ramonsosaperez@yahoo.es