lunes, 3 de agosto de 2015

Las calles del hambre por Adelfo Solarte

domingo, 2 de agosto de 2015



La ciudad no puede abstraerse de lo que viven sus habitantes, por una sencilla razón: la ciudad es el conjunto de sus habitantes interactuando con toda su complejidad humana.
De allí que resulte sumamente complicado en este momento que vive Mérida y el país, abordar los temas urbanos propios de la ciudad, sin revisar cómo las circunstancias actuales de escasez, desabastecimiento, hiperinflación (ya la palabra inflación no alcanza para explicar la escalada de los precios) y el resto de factores vinculadas al desempeño económico de la persona promedio, afectan el día a día de la gente.
Lo que quiero decir es que la ciudad, en este momento, traduce el sentimiento colectivo de sus habitantes. Y ese sentir ciudadano gira en torno a emociones dignas del diván del mejor de los psiquiatras: angustia, zozobra, desesperanza, miedo. Es, la nuestra, una amalgama de temores mezclados con rabia.
La razón de este cuadro, aunque no podamos decir que sea necesariamente generalizado, puede encontrase en un recorrido por las calles de la propia ciudad. Por sus avenidas y zonas comerciales. Allí donde se arman, de persona a persona, las colas de la desazón.
Las colas son un producto de la crisis. Tal vez sean éstas, el mejor rostro de nuestras actuales circunstancias. Colas compuestas por seres humanos pero cuya suma o resultante, paradójicamente, es la inhumanidad.
Colas de horas, no de minutos. Colas de días como las que debe hacer quien quiera adquirir una batería o un caucho para su vehículo.
Decorada con esas serpientes de cuento de terror, que son las colas, la ciudad adquiere un aire de tiempos de guerra, imposible de ignorar. Y es que en las colas está la gente de todos los días: tu familia, tus vecinos. Las colas no son anónimas: en ellas sufre la gente que construye nuestra cotidianidad.
Hay en todo esto un decorado de fondo, especie de escenografía de la calamidad, representada por los temores ancestrales de los seres humanos: como, por ejemplo, la imposibilidad de conseguir el alimento para nuestras familias. Que la gente y la ciudad se despierten con semejante preocupación entre ceja y ceja, condiciona la mecánica citadina.  Más delante de seguro vendrán los estudios y las investigaciones  científicas para medir el impacto sociológico que la crisis tiene para el día a día de la ciudad y su gente, pero, desde ya, es posible augurar que nada bueno ha de salir de estos tiempos donde la gente llega al extraño actuar de hacer colas frente a un local comercial en el cual no hay nada; como si en ese gesto hubiese algo mágico, una invocación que hará que en algún momento se asome un camión cargado de productos para todos.
En toda ciudad hay una calle o sector en el que la gente parrandera, acude, bien entrada la madrugada, a comer arepas rellenas, o cualquier tipo de alimento para reponer energías, para seguir la fiesta. Es  lo que se denomina una “calle del hambre”.

Ahora nuestras ciudades, reproducen ese concepto, pero desnudado en su acepción más pura. Cuando vamos por nuestra ciudad las calles con sus colas son calles del hambre, un hambre que se oculta en nuestros temores más primigenios.