martes, 8 de julio de 2008

Los temerarios riscos de Guaymaral

Ramón Sosa Pérez

Entre Canaguá y Santa María de Caparo, al noroeste del Estado, está Guaymaral. En el ocaso del antepasado siglo XIX, comenzó a saberse de esta tierra de frondosa selva, revelada como interesante para la caza antes que oportunidad de poblarla, debido a su enmarañado relieve. La gente de esta cerril montaña, advirtieron la grandeza de una tierra hecha bonanza para sacarle los frutos que La Divina Providencia concediera a sus plantadores. El hacha y el machete se encargarían de convencerlos definitivamente.
Someter los montes y convertirlos en tupidos cafetales o abiertos prados para el ganado, fue obra del empeño del agricultor de nuestros pueblos surandinos. A la tierra agradecida de Guaymaral se oponía un ahogo de marca mayor, representado en la incomunicación absoluta con la capital del Municipio. Los barrizales del invierno no daban tregua y el aislamiento los condenaba a una lucha sin límites.
Los arreos de antaño se mantenían en Guaymaral, transportando mercaderías y diario bastimento, al tiempo que eran el único medio de transporte para sacar su producción agrícola hasta la cabecera del Municipio. Correspondió al sacerdote español Hermógenes Yebra Fernández, párroco de Canaguá en el quinquenio 1968-73, desempeñar un papel de trascendencia en el progreso de Guaymaral.
El mucutuyense Golfredo Torres, se sumó a la iniciativa de Yebra para abrir la carretera, a la que secundaron Rómulo Mora, Raúl Guerrero, Reinaldo Méndez, Audón Guerrero, Albino Mora y Marcial Méndez, quienes “echaron los pies al barro” y continuar la brega, iniciada en 1954 por los curas camineros, en la no famosa “Guerra de Los Picos”.
Convenir con los moradores, le tomó al padre unas cuantas misas para convencerlos. Era necesario principiar los trabajos y el acuerdo no se hizo esperar entonces. Picos, palas, barretones, palancas y mecates, se integraron de la mano de los labriegos entusiastas. Al Cañadón llegó la primera jornada, después de subir la Cuesta de la Lejía y El Paramito.
Don Raúl Guerrero fue anfitrión aquella noche de algarabía, chacotas y brindis con “tapetusa”. Los hombres, dominados por el agotamiento del día, se entregaron al sueño reparador. Bien temprano, el cura los alertó. El peñascoso relieve de El Cañadón; un yermo cañón con garganta sellada, bloqueó toda posibilidad de abrir camino.
Nada pudo hacerse y, por mucho tiempo, la vía quedó suspendida en un vilo de angustia. La esperanza no se apagó y El Viento tuvo carretera, con el esfuerzo de su gente. Desde Canaguá, el sacerdote apoyaba a los suyos. Se había compenetrado con el trabajo comunitario, rivalizando en la huella del padre Luciano Márquez, que en 1941 construyó la primera capilla de Guaymaral.
Todos a una, los venteases habían hecho aportes a su carretera. Sin distinción de edades, las mujeres se habían apostado en las cercanías de El Viento y, al chocarse con las piedras que taponaban los pasos para el jeep de don Pablo Guerrero, se lanzaban a despejarlos, en medio de la gritería alborozada de los demás parroquianos.
El nuevo destino del padre Yebra, lejos de Canaguá, y la falta de empeño en el liderazgo local, retardó por años la llegada del jeep a Guaymaral. En El Cañadón se detuvieron las esperanzas y se atascó también la tantas veces ansiada vía. Un último esfuerzo comunal se cifraba en un tractor TD20 International donado a la comunidad para mermar sus penurias y que el cura encargó “defenderlo con la vida, si era necesario”.
Allá sigue el legado del párroco, aún cuando sucesivos gobiernos han intentado atribuírselo, sin éxito. La lucha, esta vez, en el empeño del gobierno regional, terminó por asumir la construcción de la carretera a Guaymaral y Jesús Rondón Nucete, en condición de gobernador de Mérida, la inauguró en medio de la alegría popular.
El 20 de abril de 2008 se cumplieron 17 años de esa fecha y, al cumplirlos, Guaymaral celebra por todo lo alto, la senda del progreso que, con su carretera, se inició entonces.